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El Hacedor de Historias

September 17, 2014 - Artículos -

Habrá el que las haga por necesidad. De hacerlas, digo. Habrá el que está convencido de que al hacerlo, está diciendo algo. Hay los que quieren contar sus propias experiencias y los que se aferrarán a las ajenas. Los que harán demasiado evidentes las referencias a otros trabajos y los que lograrán que esas referencias no interfieran con su historia. Los que a través de ella querrán decir tantas cosas que finalmente no digan nada. Los que darán vida a un personaje pero le negarán una voz, y lo convertirán en replicador de mensajes que jamás serán propios de ese personaje. Los hay que cuentan historias por costumbre, o buscando hacer el negocio de su vida. Los pudorosos que se ciñen a sus propias limitaciones y los que no tienen ningún problema en apropiarse de hallazgos e ideas ajenas. Están los curiosos que abren los ojos más de lo habitual para hurgar a su alrededor antes de sentarse a escribir y hay quienes se empeñan en creer que ellos mismos se llaman mundo. Pocos serán conscientes de que la palabra que ponen en el papel solo tendrá valor traducida en imagen. Muchos se empeñarán en escribir guiones como quien intenta acercarse a la literatura.

En algunos, el deseo de contar historias será más grande que la capacidad de lograrlo. Unos verán las historias que hacen como se mira a un hijo al que nadie tiene derecho a criticar. Otros creerán que el reconocimiento del trabajo ajeno es una forma de debilidad y que denigrar sistemáticamente de esas historias les dará valor a las que ellos algún día harán. Incluso hay los que en silencio se alegran de los fracasos ajenos y así justifican su propia mediocridad.

Están los que dicen ofenderse porque su historia le gusta a demasiada gente y los que miden la calidad de su trabajo por el número de boletas que se vendieron. Y los que ni lo uno ni lo otro.

Al final, lo único que queda es un grupo de imágenes que antes se llamaba película y ahora nos gusta decirle peli. Sola, sin nadie que la defienda, frente a un grupo de espectadores que han decidido regalarle a esa peli una parte importante de su tiempo con la esperanza de que no sea en vano.

Se prende la luz. Susurros. Silencio. La sala está vacía.

La película, una vez más, vuelve a quedar sola.

Y el hacedor de historias, más solo que nunca.

Sabe que ya no es dueño de nada, si es que alguna vez lo fue. Que cada minuto trabajado con tanto dolor, con tanta gente, con tan pocos recursos, queda convertido en una mirada al piso, una sonrisa complaciente, un juicio lapidario. Tal vez sienta que la historia que la gente vio es la que quería contar. Tal vez se lo repita a si mismo para tratar de espantar la creciente sensación de que lo hubiera podido hacer mejor. Porque ahí, de golpe, se le aparecerán todas las soluciones que durante el rodaje no pudo encontrar. Verá con una claridad cruel, por lo inútil, las alternativas que el afán de la cámara prendida le negó. Su primer impulso será decírselo a alguien. Mostrarle lo que realmente hubiera hecho si tuviera la oportunidad de hacerlo de nuevo. Esa oportunidad que difícilmente volverá a tener, en un país donde aún es más importante el deseo de hacer las cosas que definir criterios claros y aplicarlos con rigor para hacerlas bien. Un país de emociones prematuras, que vive en los extremos y donde todos nos apresuramos. Se apresura el espectador a condenar sin siquiera haber visto. Se apresura el creador a proponer historias que en muchos casos debieron esperar un proceso mayor de maduración antes de ser convertidas en películas que pocos quieren ver. Y se apresuran los responsables de las políticas públicas al considerar que entregar premios por cantidad es más estimulante que fomentar la formación de hacedores de historias.

 

No todas las historias llegarán a ser buenas. No todos los que queremos, podremos ser buenos contadores de historias. Pero mientras nos damos el tiempo necesario para formarnos y seguir aprendiendo, podemos empezar por un gesto simple: respetar al que hoy se atreve a hacer, en medio de errores y carencias y actitudes equivocadas. No importa si sus historias nos gustan o no. No importa si el problema es el tema o la forma como lo presentan. No importa sin son demasiado profundas o absurdas o superficiales para nuestro gusto. No importa.

Respeto por los hacedores de historias en Colombia, porque hacer siempre será más importante que hablar.

Felipe Tello

Artículo publicado por la revista El Sablazo.

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